lunes, 22 de marzo de 2010

Incentivos

El otro día, empujando el carrito de la compra en el supermercado, reparé en la moneda que acababa de poner en la ranura y en que, una vez descargado su contenido, volvería a colocar el carrito junto a otros en el sitio adecuado. No era la primera vez que admiraba al inventor (desconozco su identidad) de un procedimiento tan simple y a la vez tan inteligente. Sin duda, habrá estudiado las diversas fórmulas que pudieran impedir el desbarajuste sistemático de carros vacíos por toda la zona de aparcamiento. Y ha encontrado que usando un incentivo, que mueve o excita a desear o hacer algo, queda resuelto el problema. Con dejar prisionera una simple moneda de 0,5€ o de 1€ al tomar el carro, el deseo de recuperarla hará posible que el cliente lo deposite en su sitio. Como se ha podido comprobar en la práctica, ha sido una forma extraordinaria de manejar o administrar un incentivo.
Algo aparentemente tan trivial tiene, sin embargo, mucha importancia en el comportamiento humano, especialmente en lo económico. Un diseño correcto de incentivos es clave para el buen funcionamiento de una empresa, de un sector o de una economía; y uno incorrecto crea distorsiones y problemas que pueden llegar a ser muy graves, como estamos padeciendo en la actual crisis financiera. La falta de incentivos, por otro lado, lleva a la inactividad, a la monotonía y a la falta de empuje y de interés en hacer las cosas. La antigüa URSS se desmoronó porque, entre otras cosas, era una sociedad en la que se habían suprimido casi por completo los incentivos.

domingo, 21 de febrero de 2010

El nombre de las cosas

Aguardiente, con esta palabra está todo dicho para una bebida tan fuerte y con tantas y tan diversas connotaciones. En mi pueblo se le llama puchero a la mezcla con agua; y en la cuenca minera de Riotinto y en Huelva, mangüara, dicen que por el sonido que apreciaban los del pueblo a los ingleses cuando pronunciaban las palabras man y water para referirse a lo que bebían los mineros antes de bajar a las entrañas de la tierra (como diría Juan Cobos).
Al primer hospital moderno que se construyó en Huelva se le conocía (porque ya ha desaparecido) como El Agromán, por el nombre de la empresa constructora que lo edificó. Algo parecido, tomar la marca de un cacharro por el nombre del propio artilugio, nos pasó en toda España con la turmix para designar a una batidora. Y le está pasando hoy al i-pod para referirnos a los reproductores de mp3.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La cultura y el mal

Un amigo me recomendó ir a ver la película La cinta blanca en la que se aprecia con bastante claridad la deriva cultural de la sociedad alemana de principios del siglo pasado hacia el nazismo. Y, efectivamente, me pareció una magnífica película que, además, se adentraba en un enigma del que aún no tenemos una explicación completa. ¿Cómo pudo convertirse la sociedad con mayor nivel cultural del mundo en autora o encubridora de tan espantoso crimen?.
En la Introducción de El misterioso caso alemán Rosa Sala Rose nos dice:
"De la vida privada de Friedrich Wilhelm Ruppert se saben muy pocas cosas. Su esposa siempre afirmó que había sido un buen padre de familia y un buen marido. Una fotografía nos lo muestra en la playa con sus hijos, y otra sosteniendo en brazos a un cervatillo herido que ha encontrado en el bosque y al que, según asegura su mujer, pensaba curar y criar en su propio jardín. Hay otra que nos parece especialmente reveladora, en la que aparece tocando el violín junto al árbol de Navidad, rodeado de sus cuatro embelesados hijos. Si Ruppert, además de amar a la familia y a los animales, tocaba un instrumento tan difícil como el violín, debemos suponer que tenía una buena formación musical. Todo apunta a que era un hombre culto que había disfrutado de la extraordinaria formación humanística que proporcionaba en su tiempo el sistema educativo alemán. Sin duda, como tantos otros compatriotas de su época, conocía y amaba a Mozart, Schubert y Beethoven, a quienes probablemente escuchara cuando volvía a casa desde su lugar de trabajo.
Como trabajador, Ruppert no sólo demostró ser un empleado fiel a la autoridad y dotado de un acusado sentido del deber, sino que superaba estas cualidades aportándoles, por iniciativa propia, ciertas dosis de creatividad e inventiva. De servicio en el campo de Dachau, por ejemplo, tuvo la ocurrencia de empapar con gasolina la barba de un prisionero recién ingresado y prenderle fuego con un encendedor. También golpeó a un profesor llamado Feierabend, que a la sazón contaba con ochenta años de edad, por haber vulnerado las normas del campo al caerse mientras pasaba revista. Es de suponer que, en los diez años de carrera, premiada con continuos ascensos, que Friedrich Wilhelm Ruppert pasó en diversos campos de concentración, debió de demostrar su celo en otros muchos casos similares de los que ya no podemos tener constancia. El 2 de noviembre de 1945, Friedrich Wilhelm Ruppert fue condenado a muerte en el proceso de Dachau y ejecutado poco depués. Las fotografías de las que hablábamos en el párrafo anterior fueron aportadas por su esposa en su descargo."
La cultura ¿nos hace mejores?.

miércoles, 27 de enero de 2010

Tiempo de silencio

¡Cómo pasa el tiempo! Hace pocos días se cumplieron nada menos que cuarenta y seis años de tu inesperada y prematura muerte, cuando aún vivíamos en aquel tiempo de silencio. Te he recordado en estos días y te he leído. He recordado al leerte desagradables ambientes y experiencias que sufrieron, también, todavía, los más jóvenes que tú:
"Tras del pasillo, por un momento, se atravesaba un patio lleno de automóviles y de inmóviles chóferes con cazadoras de cuero que miraban sin ver. Tras el que una nueva boca, ya más próxima a las fauces definitivas, engullía con poderoso sorbo las almas trémulas de los descendentes (...) Allí efectivamente se procede al desguace de cada pieza individual recién cobrada, privándole de su carga de metales preciosos, plumas estilográficas, corbatas, tirantes, cinturones, gafas y cualesquiera otros objetos aptos para el suicidio, con lo que los desprovistos individuos de casta intelectual quedaban especialmente disminuidos, sujetándose los pantalones con las manos, sintiendo frío en la parte del cuello (...) La celda es más bien pequeña (...) Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal sólo puede estirar a la vez los dos brazos -sin tropezar con materia opaca- en el sentido de las diagonales. (...) La luz es eterna. No se apaga ni de día ni de noche. (...)
-¿Por quién pregunta?
-No. No se puede.
-¿Usted qué es de él?
-No. No puedo decirla nada.
-¿Usted qué es de él?
(...)
-Todos están incomunicados las setenta y dos horas.
-Sí, las setenta y dos horas."
Pocos años después de tu desaparición pude escuchar, en la facultad donde estudié, a tu colega Carlos Castilla del Pino, fascinante orador con entrañable acento andaluz.
El Madrid que nos tocó vivir era ya algo más alegre, más abierto y amplio que el tuyo.
Y empezamos poco después a vivir una etapa fascinante a la que hoy se le llama -entonces no lo sabíamos- transición. Hay quien dice, haciendo juegos con la historia, que si aquel maldito adelantamiento lo hubieras sorteado sin choque, Felipe -ya jubilado- hubiera sido Luís. ¿Quién lo sabe? Aquel gran depósito de energía y juventud en ebullición logró que muchas cosas cambiaran a mejor. Otras, el submundo de las chabolas, la atención a la ciencia, el poder de las sotanas, los toros, algún que otro filósofo predicador, siguen ... más o menos, por aquello que tan bien analizaste del factor humano y de la fuerza de los tópicos.
Tu novela, tu gran novela, tu universal novela, se convirtió en un clásico.
(en memoria de Luis Martín-Santos)

viernes, 8 de enero de 2010

Internet

Has venido a trastocarlo todo, con lo tranquilo que estábamos antes. Sentíamos lo que pasaba en Nueva York, al cabo de sabe Dios el tiempo, cuando allí andaban ya en otras cosas. El inglés no nos hacía falta para nada, con lo clarito que hablábamos y nos entendíamos. Eso de global como ahora se dice a cada momento, bueno, sí, vivíamos todos en el planeta Tierra, pero cada uno a lo suyo (ca un, ca un como dicen en mi pueblo) y ¡hay que ver la que has armado!.
Ahora resulta que los libros pueden no estar en papel, ni las facturas, ni las cuentas bancarias, ni las instancias para V.I. con el mayor respeto; que viajan a la velocidad de la luz (bendito Einstein que te ayudó a reirte del tiempo y la distancia) y pueden ser vistos, recibidos, alterados, producidos, almacenados, ... por cualquiera, en cualquier parte del mundo. ¿Y lo de los discos y las películas? bueno, eso ya es la hecatombe; a las productoras y distribuidoras, a las tiendas, a los artistas, a los periódicos y televisiones, en fin, a todos los que nos hacen más llevadera esta vida, se les ha movido el suelo y ha quedado todo en tengerenge. ¿De qué vivirán ahora?.
En las escuelas y en las universidades también la has liado; y en las empresas y en las administraciones públicas ¿Cómo diablos nos organizamos ahora?. Nos has cambiado los aparatos para comunicarnos, la manera y el momento de decirnos las cosas y ¡de vernos!. Ahora resulta que podemos estar sin estar, comprar sin ir, acceder a las fuentes de los conocimientos con gran facilidad estén donde estén; que la información nos llega a la vez que está ocurriendo lo que sea, que cualquiera puede escribir y publicar, pero también la propaganda y toda clase de basura nos atosiga y engaña.
¿Cómo hacer? ¿Cómo enseñar? ¿Cómo aprender? ¿Cómo trabajar? ¿Como hasta ahora?. No, imposible seguir haciéndolo, organizándolo, legislándolo todo igual. Nos has obligado a salir de la modorra. A todos y -como desconoces las fronteras- en todas partes.
No sabemos como llamarle a la atmósfera en que nos envuelves, más real que la vida misma, y ¡fíjate si somos perezosos y acomodaticios! le hemos asignado el adjetivo de "virtual". ¿Adónde -somos ya cientos de millones de seres navegando- nos arrastrarán tus aguas en este naufragio?

jueves, 3 de diciembre de 2009

El Gran Dictador

Lo siento.
Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco.
Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.
Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.
Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano.
El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.
Soldados.
No os entreguéis a eso que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir.
Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina.
Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo los que no aman odian, los que no aman y los inhumanos.
Soldados.
No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. El el capítulo 17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres..." Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravillosa aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.
Luchemos por el mundo de la razón.
Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.
Soldados.
En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.

martes, 17 de noviembre de 2009

Calentar el agua al sol

De niño, cuando empezaba a apretar el calor, en el patio de casa se ponía al sol un baño de cinc lleno de agua para que se calentara. El agua se sacaba, ladeando al caer el cubo para mejor llenarlo, del pozo que había en el mismo patio; el agua corriente habitaba aun en el mundo de las ilusiones. Una vez caliente o, mejor, templada, nos servía aquel agua para lavarnos.
Hoy, cuando uno ni se acuerda de haber vivido sin agua corriente y sin televisión, por otros procedimientos mucho más sofisticados, seguimos calentando en casa el agua al sol.

Datos personales

Mi foto
Nací en Valverde del Camino (Huelva) en diciembre de 1948. A los 17 años me fuí a estudiar a Madrid, donde viví hasta los 30. Me trasladé a Huelva y luego, con un intermedio de algún tiempo en Granada, a Sevilla, donde vivo ahora. ¿Desconcertado? Por la desorientación y perplejidad que me producen situaciones que he conocido o vivido, por comprobar que casi siempre la realidad supera a la ficción."En los blogs se busca el relato en primera persona, que es en torno a lo que pivota el sistema informativo de Internet".Me gustó esta frase y la suscribo.